Espantoso, un cuadro muy lamentable. Los señores Darling Pensaban seriamente en lo ocurrido. La pobre señora Norrington había sufrido un daño irreparable en su ojo izquierdo. Le preguntaron a Claudia acerca de lo que sucedió. Demostrando un control perfecto de sus emociones al relatar la fatídica escena, la pequeña los dejaba anonadados. Sus padres, aunque perturbados, sentían una especie de orgullo al ver que su hija no iba a desmoronarse, dada la oportunidad en el futuro. Un dominio aparentemente frío de sus emociones, solo calentado por la tierna preocupación que mostraba al permanecer junto a su niñera, hablándole al oído mientras volvía en si después de recibir semejante alteración. El gato “Percival” estaba en su jaula, los Señores Darling discutían acerca de su ejecución. Un demonio que pudo hacerle tal atrocidad a la pobre señora Norrington no debía vivir. Las horas para el pequeño animal estaban contadas.
Regrasaban de cortar flores, el gato se habia trepado a una rama. La Niñera quería devolverlo al suelo cuando se subió al árbol. Nunca había querido a ese gato. Si de ella dependiera, ahí lo hubiera dejado. Pero sabía lo mucho que Claudia adoraba a Percival. No poseía amigas, pero tenia a su gato. La señora Norrington hizo lo que pudo; tal vez no fue la mejor manera, sin embargo, solo quería apaciguar el llanto de la niña. Lo empujaba con su sombrilla para hacerlo caer en el canasto. Calma Claudia – le decía- Verás como lo atrapo en el aire. Claudia gritaba que lo dejara en paz, que lo iba a lastimar, que no iba a perdonarle jamás si le pasaba algo a su querido amigo. Un fuerte sombrillazo bajó por fin a aquel animal, pero para la desgracia de este, no pudo caer en el lugar, la cesta no estaba lista.
La niña seguía hablándole al oído a su niñera ¿Qué le decía? No lo sabemos, pero sea lo que fuere, logró apaciguarla cuando alterada regresó de su letargo inducido por la cruel experiencia. Claudia todavía guardaba las tijeras en su bolsillo.
Ilustración de Anne Yvonne Gilbert