Quiero dar a entender, que la intención que más clara puedo ver en mi, no es el simple convencimiento de los sucesos que ustedes escucharán a continuación, tampoco es tratar de mostrarles una nueva verdad, porque verdades en nuestro peculiar mundo aparecen y desaparecen tanto en un día como en una noche, nacen y se esfuman, ayudan y perjudican, y al final, ¿quién era el guardián de la razón?
Pero, ¿los seres humanos siempre tenemos algún tipo de intención en nuestros actos, no es así? Supongo que el mío, es la simple satisfacción de ser escuchado, y que uno de ustedes me pueda asegurar que la locura creciente en mí, sea más bien el renacimiento de la razón, que muchos dicen se halla depositada en todos nosotros.

¿Qué puedo decir de aquel día? Era como todos los días que pasaron por mis ojos, un día normal. En un día normal, hay alegrías y tristezas; hay enojos y reconciliaciones; hay amor y hay guerra; lo malo y lo bueno están presentes en un día normal, pero desde luego, yo nunca reparaba en estas cosas, solo dejaba que pasaran como ya dije, frente a mis ojos. Y mis ojos me decían que era correcto, ¿por qué no habría de estarlo? Tenia exactamente todo lo que había deseado siempre; a mis 21 años había logrado lo que a los 17 me propuse por lo que sufría desde los 13, y es que en mi niñez, ya sea por la buena o mala crianza suministrada por mis padres, era un niño demasiado gentil, demasiado bueno, demasiado inocente. Siempre mis contemporáneos me ganaban en la carrera de perder la inocencia, y como pueden deducir ustedes, esto solo me causaba varios choques demasiado dolorosos con la realidad. Hasta que finalmente reparé en que era suficiente. Debía ser yo el que tomara las riendas de mi propio mundo, y si era posible, conducir de manera sutil el mundo de los que intervinieran en el mío, sólo así evitaría tanto dolor.
Los ejercicios del arte de llevar las riendas me habían causado muchos sinsabores, que debo decir, me resultaron al final muy divertidos, pero más que todo, educativos. En el proceso de controlar mi vida me percaté además que me sentía solo. Si ustedes intentan dominar el prójimo, les auguro un alejamiento de la existencia humana. Se convertirán en lo que quieran, menos en un ser humano cálido. Por eso, el control que yo ejercía, era de carácter no obligatorio, solo sugería el mejor obrar que les convenía a ellos y a todos, pero que no habían pensado aún, porque la mayoría se niega a pensar en lo de veras mejor de los actos, y como nosotros por naturaleza tratamos de hallar el camino más provechoso pues, no era tan difícil conseguir que tomaran dicho camino.
Y esa era pues mi tarea, pensar por los demás lo que mejor les favorecía –que por ende me convenía a mí- para que no hubiera dolor, y así, no dejaba de sentir la calidez humana. A pesar de todo, seguía sintiendo la soledad y esto me extrañaba terriblemente.

Luego de llegar a ejercer ese dominio sobre mi entorno, decidí compartirlo. Que mi reino fuera compartido tal vez lograría eliminar la soledad que tanto me acosaba. Buscaba reyes y reinas entre las personas. Pero todos y cada uno de ellos me decepcionaban con el tiempo. Vislumbraba un ápice de verdadero conocimiento trascendente en ellos y me imaginaba compartiendo debates de la verdadera naturaleza de las cosas, sin embargo, todo llegaba a no muy buenos términos al final, ya que, me daba cuenta que apenas y habían percibido algo de trascendencia universal por una u otra razón; al saberlo, mi interés se esfumaba, ya no hablaba, ya no reía, y al preguntar ellos el motivo de dicho comportamiento, recibían de mí una respuesta fría, cortante, pero en definitiva, honesta.
Ustedes han de imaginarse los resultados de esa forma infantil de obrar. Lo único que hacía era ganar enemigos en donde había querido crear compañeros.
Lo infantil era algo que me caracterizaba, el comportamiento infantil, el pensamiento infantil, y hasta el agrado por las cosas que gustan los niños, más sin embargo, odiaba la presencia de niños. Pueden deducir de esto dos cosas: que como dije antes, mi inocencia oponía más resistencia de lo común en esfumarse, y que veía en los rostros de esos niños las caras estúpidas de aquellos que en mi juventud abandonaron la niñez creyendo convertirse en algo mejor; y como ven, no quería contemplar el paso de estos hechos antes mis ojos de nuevo.
Mi vida luego de esto se volvió una rutina, lo curioso es que siempre lo fue. Hasta ahora me daba cuenta. Levantarme de la cama e ir al baño a preparar la persona que todos verían ese día. Pero no sin antes poner algo de música. Verán, cuando despierto me gusta escuchar algo que me haga sentir como en el principio de la creación, en el que la mente racional no existe, solo la perfecta y bella brutalidad de la naturaleza formándose. En el trascurso de la mañana prefería algo de irracionalidad humana, y caos producida por esta misma. En el medio del día veía surgir la razón en medio del caos. Por la tarde la decadencia, la prevalecía de los placeres a la razón. Empezando la noche de nuevo el caos por el olvido de la grandeza y verdadera naturaleza del hombre. Y para finalizar todo el día, algo que no haya escuchado, porque nuestro final es incierto.
Como dije, era rutina, pero aún después de darme cuenta de este hecho, no me aburría o frustraba en absoluto, en cambio, me hacia sentir bien. Solo evitaba hablar de esto a cualquiera, es decir, no quería escuchar comentarios como:
¿Y eso tan aburrido? ¿Por qué escuchas música tan triste? ¡Que cosa más rara estas escuchando!
¡No!, evitaba hasta donde fuera posible dejar que mi música fuera escuchada. Ese tipo de comentarios solo me hacían enojar de una manera que no comprendía aún.

Mi historia comienza luego de escuchar uno de los anteriores, qué trillados son. Con su permiso –exclamé- Voy a dar un paseo. ¡Qué sensible! –oí decir mientras me iba- No te vayas a perder, jaja. En fin, solo quería marcharme para no tener que dar explicaciones que no iban a entender, y para tratar de calmarme sin que nadie me viera haciéndolo.
Y pues, para variar un poco, me fui por unos rincones en los cuales nunca me había metido. Los callejones de la parte vieja de la ciudad serpenteaban de forma ascendente y luego caían de la misma forma, para luego subir otra vez y conducir a calles planas. Muy cansado viaje para alguien que no está acostumbrado a caminar. Pero muy relajante para mí. El disgusto me había dado el valor de ir por donde siempre había querido, ya que era una parte de la ciudad que estaba muy vieja, las callejuelas eran de piedra todavía, las casas expelían un olor a cosas antiguas, eso me gustaba. Es extraño como el enojo despierta fuerzas escondidas. Lo irónico es que -no se rían de mi- me perdí tal y como me advirtieron que no hiciera. El solo pensar en esto me enojó más todavía, y estaba a punto de llamarlos por teléfono público para humillarme y pedirles ayuda, si no es por que mis oídos captaron algo que me sorprendió enormemente:
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Esa música provenía de algún salón al otro lado de la cuadra en donde estaba parado, esas cuadras están compuestas por grandes caserones de la época colonial, imagínense lo que tardé en dar la vuelta. Caminé para llegar, muy atento a lo que escuchaba. Choqué con una señora gorda en la acera, que me regaló un carterazo en el hombro, no me había fijado que en ella y choqué. Pero no me importaba pelear con gente en ese momento, tenía que llegar, además era mi culpa. Al fin llego, no había puerta, y encima del marco un letrero: Pase adelante y conózcase. Obvio truco para despertar el interés de las personas, normalmente no habría caído en tales artimañas y me habría ido, pero la música me había atrapado ya, debía saber quién la tocaba. Como dije antes, no había puerta, pero predominaba una oscuridad que no dejaba ver nada, solo una luz en el fondo, y bueno, me arriesgué a entrar. Al acostumbrarme a la luz me di cuenta que me encontraba en una especie de establecimiento tipo show bar. Tenía una mesa libre a mi derecha y me senté. Todas las personas miraban fijamente al escenario. Una banda de viejos inmaduros -me dije- Hippies de los 60s que no se adaptaron al cambio de la sociedad; esa fue mi primera impresión del grupo que tocaba, pero me quedé, la musica, como dije antes, me capturó.
Aquí es donde pasó el primer evento misterioso. De pronto, toda la concurrencia me volteó a ver, y yo al no saber porqué, miré alrededor de mí, a ver si no encontraba algo raro. Luego todos devolvieron su miraba a la banda, que seguía tocando, pero iba a iniciar algo nuevo.
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¡Dios! Me pregunto si los que escuchaban la música podían sentir esa ira y esa maldad que crecía desproporcionadamente. Tengo un fuerte presentimiento que sí. Tenía el presentimiento que yo era el que menos entendía la musica, y por más raro que suene, sentía que lo poco que entendía, se refería a mí. El caos que se avecinaba, la furia que gobernaba. Así me había sentido y así me sentía antes de entrar aquí. Pero todo tomó un rumbo que no esperaba.
De pronto me levanté, esa musica en efecto me hablaba, y hablaba de mí. La ira que se había vuelto un coloso, era retada por la razón. La música me decía que la furia iba a chocar conmigo, la persona pensante, el ser humano lleno de virtud. La persona y la furia iban a destrozarse en batalla. Solo una iba a quedar en pié, yo rogaba porque la virtud y la razón ganaran, quería ver un final feliz, era mi final después de todo. Seguía oyendo, la batalla iba a terminar.
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El final: las dos fuerzas se destruyen, no queda nada. Supongo que no resistí a la emoción. Caí desmayado, la musica me había hablado, me vi a mi mismo, y vi mi futuro. Este era el comienzo.
arte de Duy Huynh (Yee Wun)